La épica travesía del navío «Glorioso»

Publicado por Agustín Ramón Rodríguez González el ene 20, 2014

En las postrimerías de la misma guerra en que Don Blas de Lezo se cubrió de gloria y éxito en la defensa de Cartagena de Indias, un solitario navío español iba a protagonizar una travesía verdaderamente épica, con pocas comparables en la historia mundial de la guerra naval, si es que hay alguna.

Se trataba del “Glorioso”, un navío de 70 cañones, construido en La Habana en 1740, grande y fuerte como eran los buques españoles de entonces, buena plataforma artillera y bien dotado para las duras travesías atlánticas, pero también, como solía pasar en el diseño español, ni muy veloz, ni muy maniobrable. Lo mandaba por entonces D. Pedro Mesía de la Cerda, cordobés de nacimiento, caballero de la Orden de Malta y un probado veterano de muchas campañas y combates navales. Su misión era traer a España cuatro millones de pesos duros en plata americana, superando el bloqueo de las muy superiores escuadras británicas.

A la altura de la isla de Flores, en las Azores, se avistó un numeroso convoy enemigo, escoltado por el navío “Warwick” de 60 cañones, la fragata “Lark” de 44 y un paquebote de 20, todos al mando del comodoro John Crooksanks, quien adivinando una magnífica presa, dejó el convoy al cuidado del pequeño y se lanzó con la fragata y el navío a la caza del buque español.

La fragata se adelantó, confiando en averiar el aparejo del español y retrasarle, dando así tiempo al “Warwick” para acercarse y rematarle. Era ya de noche, pero con luna llena y tan clara, que los enemigos combatían casi como a la luz del día. Pero las cuentas les salieron mal a los atacantes, pues el “Glorioso” dejó a la fragata tan gravemente averiada que se tuvo que retirar del combate, y luego hizo lo propio con el navío, que perdió su palo mayor y el mastelero de trinquete, debiendo retirarse vencidos y avergonzados los atacantes. Tal vez Mesía pudo haberlos rematado, pero sus órdenes eran estrictas y nada debía distraerle de su misión principal comprometiéndola: la de llevar el vital tesoro a España.

Las recriminaciones entre los vencidos fueron amargas, pero peor aún fue que el comodoro inglés fue sometido a un duro juicio por el Almirantazgo y separado del servicio por su evidente incapacidad.

El “Glorioso”, hechas las reparaciones más urgentes, divisó la costa de Finisterre pocos días después, el 14 de agosto, pero topándose nuevamente con una agrupación británica: el navío “Oxford” de 50 cañones, la fragata “Sorehan” de 24 y la corbeta “Falcon” de 14, que inmediatamente se lanzaron contra el solitario “Glorioso”, pensando que sería presa fácil para los tres. Pero tuvieron nuevo chasco, pues y pese a sus daños y bajas anteriores, el navío español los rechazó contundentemente, dando fondo en Corcubión dos días después y cumpliendo su misión, pues allí descargó el tesoro. Otra vez los capitanes británicos fueron sumariados y sufrieron las consecuencias en sus carreras.

En el pequeño puerto no se podían hacer más que reparaciones muy sumarias, y aunque el bravo “Glorioso” había perdido su bauprés, tenía el velamen, aparejo y jarcia muy dañados y la popa acribillada por sus enemigos, se preparó como pudo para llegar a Ferrol, pero su dañado aparejo y los vientos contrarios se lo impidieron tras varios intentos y le hicieron optar por arrumbar al sur, hacia Cádiz.

A la altura del Cabo de San Vicente, la tarde del 17 de octubre, le atacaron cuatro fragatas corsarias al mando del comodoro George Walker, una poderosa agrupación que sumaba 120 cañones y casi mil hombres entre todas. La insignia “King George” se adelantó y trabó combate con el navío español. Nunca lo hubiera hecho: pues a las primeras andanadas del “Glorioso”, perdió su palo mayor, dos cañones desmontados, siete muertos y numerosos heridos, debiendo retirarse inútil del combate. Las otras tres quisieron vengar a su jefe y atacaron a su vez, pero ya prevenidas, lo hicieron desde lejos.

A reforzarlas vino el navío “Darmouth”, de 50 cañones, que se lanzó a combatir a corta distancia, el resultado fue que, víctima del fuego español, voló por los aires, salvándose solo 14 hombres de su dotación de 300.  Pero en un despiadado relevo, se acercó entonces el “Russell”, de 80 cañones, respaldado por las tres fragatas restantes.

Pese a todo ello, el “Glorioso” aguantó luchando hasta el amanecer del día siguiente, cuando ya sin palos, hundiéndose, consumidas las municiones y toda posibilidad de resistencia, con 33 muertos y 130 heridos en su dotación, averías y bajas que se sumaban a las de los anteriores combates, estando el resto de los hombres agotados por un combate de tantas horas, tuvo que rendirse. Tal era su estado que los ingleses no pudieron aprovechar su casco y lo desguazaron en Lisboa.

Los asombrados británicos trataron tan cortés como caballerosamente a Mesía y a sus hombres, maravillándose de que un aislado navío se hubiera batido sucesivamente con toda una escuadra de cuatro navíos, hundiendo a uno y averiando seriamente a dos más, y a siete fragatas, dejando al menos a dos gravemente averiadas. Toda una muestra de la pericia y el valor de los marinos españoles, que solo sucumbieron al aplastante número de sus enemigos. Sin olvidar el decisivo hecho de que habían cumplido escrupulosamente su misión de traer el tesoro.

Don Pedro Mesía llegó a Teniente General de la Armada y a ser Virrey de Nueva Granada, muriendo en Madrid en 1783. Su heroica campaña le valió la admiración de muchos, reflejando el propio Cadalso en sus “Cartas Marruecas” los hechos.

Hechos que, sin embargo, han permanecido prácticamente olvidados hasta que los trajimos a la luz, en nuestro trabajo “Victorias por mar de los españoles”, mereciendo luego incluso un gran artículo en el Semanal del ABC de D. Arturo Pérez Reverte.

Así eran entonces nuestros marinos, pese a una auténtica “leyenda negra” que nos los muestra muy distintos y que parece haber calado hondo, en abierta contradicción con los hechos históricos probados y la propia documentación y juicios británicos de entonces.

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